La llamo "señora" y no "compañera" porque no la conozco de nada. Ni usted a mí. No comparto lugar de trabajo o estudio, amistades o vinculos familiares.
No la llamo "compañera" sin saber si usted es de las que cría machitos o niñas-muñeca, como tantas madres de mi entorno.
Sólo soy ese hombre con el que se cruza usted en la calle, acompañado de dos niñas pequeñas. Si fuera solo, ni repararía en mi presencia.
Soy ese hombre al que usted ha gritado y amenazado por entrar al servicio de mujeres para que esas niñas pudieran hacer lo que usted hace en el servicio sin que le grite nadie.
Créame si le digo que no busco incomodarla, que no me apetece oír el ruído del chorro o del trompeteo del que viene de su cubículo, no digamos ya del sonido inconfundible de un objeto pesado cayendo al agua. No.
Créame si le digo que busqué otras opciones (como el wc de minusválidos) antes de recurrir al servicio de señoras.
Créame si le digo que mis hijas tienen el mismo derecho que usted de ir al servicio sin pasar por delante de un catálogo de penes frente al orinal.
Créame si le digo que no me está gritando a mí, sino a esas niñas.
Créame si le digo que, desde entonces, esas niñas tienen miedo de decir: "papá, necesito ir al servicio".
Créame si le digo que, como persona, no me inspira usted ningún respeto y que me importan un comino las excusas que usted ponga para justificar su proceder.
Créame si le digo que, al igual que no considero motivo el holocausto judío para justificar las tropelías sionistas, no considero ninguna de sus malas experiencias un motivo para abusar de mis hijas.
Créame si le digo que usted no me arredra y que soy una mamá osa, no voy a permitir que usted haga creer a mis hijas que cualquiera puede abusar de ellas cuando están conmigo.
Créame. Vaya usted a lo suyo, que bastante ocupado estoy.
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