El comentario de una lectora (gracias, Minerva) me motivó a intentar expresarme con un poco más de claridad, así que os cuento la historia de Tarek (no es su nombre, claro).
Llevo quince años viviendo en un barrio inglés de mayoría pakistaní, musulmana. Conocí a Tarek por ser sobrino de un amigo. Es británico de nacimiento, de familia pakistaní.
Ya por entonces, a los 14 años, Tarek tenía la constitución de un oso, los ojos risueños del niño en aquel cuerpo de gigante al jugar a los dardos en la trasera de la carnicería halal. Estaba siempre con un chiste en los labios, atraído por la irreverencia de South Park. Era el principio del nuevo milenio.
Tarek tenía planes vagos para el futuro, aunque sabía que sus estudios se terminarían pronto. Al estar huérfano de padre, debería empezar a trabajar. Éso eran preocupaciones para el futuro, ese día sólo importaban los dardos.
Nos mudamos en direcciones distintas, pero Tarek y yo aún seguíamos en el pueblo. Nos saludábamos al pasar y poco más, cada uno con sus quehaceres.
Un día, nos sentamos a tomar un chai (té) en la salita de su madre. Tarek tenía ya 18-19 años, y seguía siendo un oso. El brillo burlón de sus ojos había desaparecido. No contaba ya chistes y se reía de los míos de forma ausente.
Durante la charla, le pregunté: "¿Hay alguna chica por ahí? Te veo distraído." Me dijo que tenía novia, inglesa, y que estaba loco por ella. ¿Quién no ha pasado por ahí?
Me dijo que eran felices cuando estaban juntos, pero que no sabía cómo decirle que sólo les quedaba (a lo sumo) un año. Él ya llevaba prometido en matrimonio tres. En Pakistán, una prima suya estaba esperando a ser mayor de edad para que las nupcias fueran legales.
El brillo en su ojo ya no era burlesco, sino el de la lágrima reprimida. Al no ser ella musulmana, no podía permitirse esperanzas. Me dijo también que, mientras cumpliera con las expectativas familiares en torno a la boda, se le "permitía" seguir viendo a esta otra chica... de momento.
Su madre entró en la habitación con la tetera humeante, permeando el aire de canela y cardamones. Té pakistaní. Tarek quedó mudo en su presencia, mirando al suelo el poco rato en que intercambié cortesías con ella. Nos dejó solos a los hombres al cabo.
Una vez solos, le pregunté a Tarek si no se podía independizar y comenzar su vida en sus propios términos. Me dijo que era imposible encontrar y mantener un trabajo que se lo permitiera.
Estaba trabajando para su tío, y sabía que perdería su trabajo, se convertiría en un paria para la comunidad local, y la voz se correría a las mezquitas de las zonas colindantes. El poco tiempo que tuvimos esa conversación, parecía muy inquieto, como si temiera que le estuvieran escuchando. Tuve que dejar el tema estar.
Ése fue mi primer contacto con el matrimonio forzado, disfrazado de matrimonio arreglado.
Son quince años ya de ver la expresión de los ojos de Tarek en otros muchos ojos de muchacho, a los que sus padres les adjudicaron un futuro como productores de nietos, de taxista o tendero en la empresa familiar, de estar al margen de la sociedad en que se criaron para forzar una herencia pakistaní.
Ojos de niño que creyeron ser libres antes de ver la trampa.
De las chicas, hablaré en otro momento, porque ya duele bastante por ahora.
http://colibrideacero.blogspot.co.uk/2014/02/dardos.html?m=1
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